13 de febrero de 2009
Sinceramente no sé qué pedo. Pero estoy seguro de que algo no anda bien en mi. Y es que un día no sé cómo ni cuando, como todo el mundo me voy a morir. Pero me gusta eso de no saber nunca cuándo ni cómo. Es como jugar diario a la ruleta rusa. No sé, no me interesa conocer ésos detalles. Estando así, sin saber, es como si todo esto fuera para siempre, me levanto y me acuesto siempre pensando en qué haré mañana o se me pasan semanas, meses enteros y ni siquiera pienso en nada de esto. Ando por ahí muy seguro de que estaré todavía aquí un ratote y vivo así como si todo o nada me importara, como si ya supiera que nunca me voy a morir. Y es que a veces no quiero hacer nada o sólo quiero no hacer nada. Sueño con llevar una vida arbórea, nada más comer, dormir, aparearme, volver a dormir, despertar, comer otra vez, descansar toda la tarde y si quiero, ponerme hasta la madre sin conciencia ni culpa. Pero no puedo, no me dejan. El sistema social o esquema social o no sé qué sea pero le pertenezco en cuerpo y alma. Él no me deja hacer lo que de veras quiero. Me humilla y me escupe migajas con las que ahuevo tengo que conformarme y aguantarme es lo único que puedo hacer. Pero la neta ya estoy hasta la madre. De vivir así; sometido, esclavizado, resignado. Revelarme en silencio es mi único consuelo. Solo con mis pensamientos, dicen que ahí empiezan las revoluciones y la mía, como la de muchos otros seguramente se quedara ahí a para siempre Y así me gusta, ahí soy libre. Hago y digo lo que quiero impunemente. No importa si tengo los ojos cerrados o abiertos igual cometo atrocidades, genocidios, devasto pueblos, arraso ciudades enteras. Pero luego las levanto y siembro árboles y ayudo a los pobres o los elimino, platico con los niños, dejo a todos en libertad, los dejo ser y los respeto. Pero a veces de nada me enojo y los quiero a todos muertos. Es que también soy muy egoísta, mentiroso, ambicioso y cruel, lujurioso, libidinoso y muy mañoso. Tengo todas las agravantes como dirían mis tías, pero a nadie le digo, para que no vean que yo también soy como ellos, que también soy un hermoso ser humano. A veces me dan miedo las cosas que pienso, pero como todos no le digo a nadie por temor a asustarlos.
9 de mayo de 2009
8 de mayo de 2009
17 de marzo de 2009
Mexiko
Mexiko ist meine Heimat. Es ist ein großes Land das in Nordamerika liegt. Unsere Nachbarländer sind die USA im Norden un Guatemala und Belize im Süden. Die Hauptstadt von Mexiko ist Mexiko Stadt. Wir haben zwei Meer, westlich den Pazifik, im Osten des Golf von Mexiko sowie das Karibische Meer. Wir haben 32 Bundesstaaten und ein Bundesdistrikt. Die Staatsform ist eine Demokratie. Offiziell soll es eine Demokratie sein aber das ist nicht wahr. Unsere Regirung ist korrupt und fuktioniert nicht, so meine ich. Wir haben einen Bundespräsidenten, der macht garnichts. Ich verstehe nicht warum. Mit dem Parlament ist es das Gleiche, wie mit dem Präsident. In dem Parlament gibt es nur dicke und faule Leute die machen garnichts. Sie setzen sich nur auf ihren großen Po in einen bequemen und teuren Stuhl, beckommen ein gutes Gehalt und sie sind unnütz, das ist nicht so toll.
In Mexiko kann man sagen was man will, das steht in der Kostitution, in unseren Gezetz, aber leider ist das auch nicht wahr. Kann man zwar aber nicht so laut und nicht gegen die Regirung weil die Regirung gefärlich sein kann.
Die wichtigsten Flüsse sind der Usumacinta, der Grijalva und der Panuco, der Colorado, der Conchos und der Balsas. Berge haben wir auch; die Westliche Sierra Madre, die Östliche Sierra Madre und die Südliche Sierra Madre. In Mexiko spricht man Offiziell Spanish, aber es gibt noch 62 Indigene Sparacen, die als Nationalsprachen anerkannt sind. 87% der Mexikaner sind Katholish.
Das essen in Mexiko ist sehr lecker, es gibt ein großes Angebot an Essen und ganz verschidene varianten vom Norden bis Süden. Die wichtigste Mahlzait am Tag ist das Mittagessen. Für Mexko typisch sind die Tortillas, die zu jedem Essen dazu gehören. Normaleweise sind auch Chilis der Chilisauce auf dem Tisch. Das trinkwasser wird in Wasserflaschen oder un Kanistern verkauft, da das Leitungwasser nicht zum trinken geeignet ist. Gerne trinken wir Horchata ein süßliches Reis/Zimt-Getränk, Jamaica ein kaltes Tee oder es gibt ein großes Abgebote an Getränke von fast allen Obst sorten. Unsere alkoholische Getränke sind Bier, Tequila, Mezcal und Pulque. Deshalb essen und trinken in Mexiko die Leute gerne. Meine Frau hat mr immer gesagt dass die Leute in Mexiko immer essen.
Die Leute tanzen und singen gerne. Ich nicht aber ich liebe noch die Musik und wenn die Leute tanzen und singen. In den Parks gibt es zum Essen und zum Trinken viele junge Paare die kuscheln, Kinder die spielen, viele Leute die Feierabend haben. In meinem Staat gehen die Leute oft ins Schwimmbad weil es viele Schwimmbäder gibt und normaleweise nicht so teuer sind und das Wetter ist das ganzes Jahr gleich schön.
Wir haben viele Problemen, eine schlechte Regirung, viele, die gar nichts haben und wenige, die viel haben. Aber die Leute lachen und singen gerne.
Ich mag mein Volk, weil es witzig ist und sehr stark ist.
In Mexiko kann man sagen was man will, das steht in der Kostitution, in unseren Gezetz, aber leider ist das auch nicht wahr. Kann man zwar aber nicht so laut und nicht gegen die Regirung weil die Regirung gefärlich sein kann.
Die wichtigsten Flüsse sind der Usumacinta, der Grijalva und der Panuco, der Colorado, der Conchos und der Balsas. Berge haben wir auch; die Westliche Sierra Madre, die Östliche Sierra Madre und die Südliche Sierra Madre. In Mexiko spricht man Offiziell Spanish, aber es gibt noch 62 Indigene Sparacen, die als Nationalsprachen anerkannt sind. 87% der Mexikaner sind Katholish.
Das essen in Mexiko ist sehr lecker, es gibt ein großes Angebot an Essen und ganz verschidene varianten vom Norden bis Süden. Die wichtigste Mahlzait am Tag ist das Mittagessen. Für Mexko typisch sind die Tortillas, die zu jedem Essen dazu gehören. Normaleweise sind auch Chilis der Chilisauce auf dem Tisch. Das trinkwasser wird in Wasserflaschen oder un Kanistern verkauft, da das Leitungwasser nicht zum trinken geeignet ist. Gerne trinken wir Horchata ein süßliches Reis/Zimt-Getränk, Jamaica ein kaltes Tee oder es gibt ein großes Abgebote an Getränke von fast allen Obst sorten. Unsere alkoholische Getränke sind Bier, Tequila, Mezcal und Pulque. Deshalb essen und trinken in Mexiko die Leute gerne. Meine Frau hat mr immer gesagt dass die Leute in Mexiko immer essen.
Die Leute tanzen und singen gerne. Ich nicht aber ich liebe noch die Musik und wenn die Leute tanzen und singen. In den Parks gibt es zum Essen und zum Trinken viele junge Paare die kuscheln, Kinder die spielen, viele Leute die Feierabend haben. In meinem Staat gehen die Leute oft ins Schwimmbad weil es viele Schwimmbäder gibt und normaleweise nicht so teuer sind und das Wetter ist das ganzes Jahr gleich schön.
Wir haben viele Problemen, eine schlechte Regirung, viele, die gar nichts haben und wenige, die viel haben. Aber die Leute lachen und singen gerne.
Ich mag mein Volk, weil es witzig ist und sehr stark ist.
11 de marzo de 2009
El Sudoku y yo
Desde hace unos días estoy obsesionado con el Sudoku. Ya lo había visto antes en revistas o periódicos pero nunca le había hecho caso porqué pensé que se trataba de sumar, restar, multiplicar o alguna de esas sencillas operaciones que para mi son un enigma, algo diabólico. Y como todo lo que es del diablo es malo lo ignoré como a muchas otras cosas en mi entorno. Hace una semana fue el ocio y esa costumbre que tienen aquí de comer con el periódico en la mesa lo que me obligó a mirarlo despacio, sin querer leí las instrucciones “Füllen Sie die leeren Felder so aus, dass in jeder Zeile, in jeder Spalte und in jedem 3-x-3 Kästchen alle Zahlen von 1 bis 9 nur einmal vorkommen.“ y así empecé a jugar. Hice uno y me sentí feliz, con el segundo me sentí más seguro, luego encontré un tercero más difícil en el que me tardé un poco y luego me puse a espulgar los periódicos viejos en busca de nuevos Sudokus hasta hacerme ya de una colección. Los tengo por todos lados en el cuarto, cerca de la cama, en el baño y recién ayer me compré un libro con un chingo y distintos grados de dificultad. También conseguí un sosguer con más de cien mil para ahora si jugar hasta que me vuelva loco. Llevo uno en la bolsa con un diminuto lápiz para jugar durante la pausa o cuando llego a la escuela, cuando espero el camión o cuando tengo tiempo. Quise jugar también en el camión pero en el camión no se puede hacer nada más que miar la ventana empañada, ver el reloj o a los Schüler apartarse los lugares y aventarse las mochilas amontonados en el pasillo sin dejar pasar a nadie con una indiferencia que dan ganas de agarrarlos a patadas. Pero ya no me importan, yo tengo al Sudoku y mis audífonos para hacer las mañanas más amenas y tranquilas.
Aquí hay uno por si alguien quiere probar.
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O mejor aún aquí hay un sosguer muy bueno.
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24 de febrero de 2009
Josefa Parra es la onda
Pues eso. Es la onda.
COSAS QUE NO TENDREMOS
Cosas que no tendremos:
Las mañanas de abril largas de amor y sueño.
Las tardes de noviembre con lluvia interminable.
Las noches del verano tercamente estrelladas.
Todas las madrugadas dulcísimas de otoño.
Cosas que me he perdido:
No sabré del sabor de tu boca dormida.
No acunaré a tus hijos. No beberé tu vino.
No lloraré contigo viendo ningún ocaso.
No me amanecerá tu vientre entre las sábanas.
Tengo todo un tesoro de lagunas y ausencias,
un muestrario completo de páginas en blanco.
De "Alcoba del agua" 2002
DE AMOR CORTÉS
¡Oh Dios, oh Dios, el alba! ¡Qué pronto viene!
Fragmento de un alba del sigloXV
Me has amado otra vez, tan delicadamente
-pueden también las fieras usar de cortesía-,
me has desnudado el cuerpo, aunque estaba desnuda,
abriéndome la piel con la boca y las uñas.
Es hermoso el dolor, doloroso el deseo,
tú más hermoso aún, más hiriente por tanto,
y es hermoso tenerte entre sangre y saliva,
apretado y caliente, hambriento todavía.
Quieran Dios y la Carne firmar una alianza,
que se alargue la noche más allá de la noche,
que se apague el lucero que anuncia la alborada
por que sólo amanezca debajo de las sábanas.
De "Alcoba del agua" 2002
TE EXPLICO LA DIFERENCIA
Puedo pasar la vida
contando los exactos lunares de tu vientre,
siguiendo en el espejo tu mirada, ahuyentando
tus fantasmas; si quieres, siéndome un poco tú.
Puedo pasar la vida.
Pero vivir, amor, es mucho más que eso;
es crecer y dormir y envejecer contigo,
reñir y bromear, y no vernos a veces,
o vernos como extraños alguna madrugada.
Es la recia costumbre que de pronto fulgura
con una hermosa lumbre de pasión y demencia.
De "Alcoba del agua" 2002
COSAS QUE NO TENDREMOS
Cosas que no tendremos:
Las mañanas de abril largas de amor y sueño.
Las tardes de noviembre con lluvia interminable.
Las noches del verano tercamente estrelladas.
Todas las madrugadas dulcísimas de otoño.
Cosas que me he perdido:
No sabré del sabor de tu boca dormida.
No acunaré a tus hijos. No beberé tu vino.
No lloraré contigo viendo ningún ocaso.
No me amanecerá tu vientre entre las sábanas.
Tengo todo un tesoro de lagunas y ausencias,
un muestrario completo de páginas en blanco.
De "Alcoba del agua" 2002
DE AMOR CORTÉS
¡Oh Dios, oh Dios, el alba! ¡Qué pronto viene!
Fragmento de un alba del sigloXV
Me has amado otra vez, tan delicadamente
-pueden también las fieras usar de cortesía-,
me has desnudado el cuerpo, aunque estaba desnuda,
abriéndome la piel con la boca y las uñas.
Es hermoso el dolor, doloroso el deseo,
tú más hermoso aún, más hiriente por tanto,
y es hermoso tenerte entre sangre y saliva,
apretado y caliente, hambriento todavía.
Quieran Dios y la Carne firmar una alianza,
que se alargue la noche más allá de la noche,
que se apague el lucero que anuncia la alborada
por que sólo amanezca debajo de las sábanas.
De "Alcoba del agua" 2002
TE EXPLICO LA DIFERENCIA
Puedo pasar la vida
contando los exactos lunares de tu vientre,
siguiendo en el espejo tu mirada, ahuyentando
tus fantasmas; si quieres, siéndome un poco tú.
Puedo pasar la vida.
Pero vivir, amor, es mucho más que eso;
es crecer y dormir y envejecer contigo,
reñir y bromear, y no vernos a veces,
o vernos como extraños alguna madrugada.
Es la recia costumbre que de pronto fulgura
con una hermosa lumbre de pasión y demencia.
De "Alcoba del agua" 2002
18 de octubre de 2008
Mein Tag
Es ist sechs Uhr. Der Wecker klingelt. Ich wache auf aber ich bleibe im Bett bis Viertel nach sechs. Denn ich stehe auf und ich gehe ins Bad und ich wasche mein Gesicht. Ich küsse meine Frau und ich gehe runter in die Küche und mache mir Frühstück. Ich Frühstücke. Um Viertel vor sieben putze ich meine Zähne, ich nehme meinen Rucksack und laufe zum Bahnhof.
Um fünf vor halb acht bin ich in Rottweil. Von acht bis halb eins lerne ich Deutsch im Deutschkurs. Um zehn nach eins fahre ich mit dem Zug nach Sulz. Ich koche das Mittagessen und warte auf meine Frau. Wir essen zusammen.
Von vier bis acht Uhr arbeiten wir auf dem Bau. Um neun Uhr sind wir zürruck nach Hause, denn mache ich meine Hausaufgaben und wir schauen Filme um zu schlafen.
Wir schlafen gern. Wir lieben schlafen.
Das ist mein Tag in Deutschland.
Um fünf vor halb acht bin ich in Rottweil. Von acht bis halb eins lerne ich Deutsch im Deutschkurs. Um zehn nach eins fahre ich mit dem Zug nach Sulz. Ich koche das Mittagessen und warte auf meine Frau. Wir essen zusammen.
Von vier bis acht Uhr arbeiten wir auf dem Bau. Um neun Uhr sind wir zürruck nach Hause, denn mache ich meine Hausaufgaben und wir schauen Filme um zu schlafen.
Wir schlafen gern. Wir lieben schlafen.
Das ist mein Tag in Deutschland.
3 de septiembre de 2008
Abajo del tamarindo
Para mi abuelo Don Adalberto Sámano Salgado
Ayer salí por la tarde a dar un paseo por el centro de Coyoacán y de paso haber si tomaba alguna foto. Ya de antemano sabía que nada extraordinario iba a pasarme. Había mucha gente caminando de prisa, otros como esperando algo o como yo nada más mirando. Vi varias cosas que me llamaron la atención, como una serie de imágenes perfectamente compuestas por el azar, el tiempo o cualquier otro motivo igual de fantástico. Creo que todavía no estoy acostumbrado a vivir en la ciudad, padezco una leve paranoia que en cierto grado o nivel considero normal, pero no deja de mal viajarme mucho la gente y las innumerables anécdotas relacionadas con el crimen en la ciudad. Así que no está de más un poco de precaución, además me daría mucho coraje que un hijo de puta se llevará mi cámara o mi vida. Que culero morir en manos de un pendejo, -ni modo-, pensé que llegado el momento vería la manera de huir sin hacer nada estúpido o de cooperar tranquilo y sereno aunque mentándoles la madre por dentro. ¿Pelear? No… Yo creo que sería en última instancia.
Pensando en ese tipo de pendejadas pasé de largo varias cosas que me hubiera gustado fotografiar y me enfrente al eterno problema del “hubiera”. Podría haberme regresado en ese momento, a nadie le importaría que le tomara fotos a una puerta o a un moño negro cenizo carcomido por el sol que ya ha olvidado su luto. A nadie le habría importado, pero no lo hice, dos tipos a los cuales les era completamente indiferente venían detrás de mí. Hablaban y reían en una plática que parecía bastante chistosa. Me mal viajaron y no quise volver. Supuse que se vería sospechoso sí me detenía de pronto, pero no había nadie a quién pudiera parecerle sospechoso aquello. Finalmente llegué al centro, ya entre mucha gente no sé porqué me sentí seguro y a salvo. Las probabilidades de ser victima de la delincuencia eran más altas ahí o las mismas, pero ya no quería pensar en eso. Anduve dando de vueltas, en ratos me sentaba pero no veía nada interesante. ¡Pinche gente! –pensé. Hasta ahora sólo he tomado fotos de una ardilla y de varias palomas sin chiste. Pero qué culpa tienen las palomas de que a mí no me gusten. Sólo me gusta su canto. Ese extraño ronroneo suave y triste que no sé como se llama pero siempre lo oía por las mañanas en casa de la abuela. Me despertaba de repente después del que para mi era un largo y penoso viaje. Me gustaba mucho eso de cuando era niño, el olor fresco de la pared de yeso húmedo que siempre estaba escarapelándose, podía estar ahí siempre acurrucado en la orilla, entre la pared y la cama para conciliar el sueño. Era como vivir nada más lo que más me gustaba. Todas las jaulas de las aves estaban hasta al fondo a un lado del viejo horno de pan, así le decían porque cuenta la leyenda que una vez hubo un incendio hace ya mucho tiempo y las llamas de dicho incendio pintaron con humo todo el techo del cuarto y así se quedó, dándole la apariencia de eso, de un horno de pan. Allí era en dónde el abuelo guardaba celosamente un universo de fierros viejos y herramientas de todo tiempo. Un territorio inexpugnable para cualquiera de nosotros. A veces imaginábamos que estaba lleno de tesoros e ideábamos posibles y temerarios planes para entrar a hurgar en las cosas del abuelo. Cuando él murió. Mi hermano y yo tuvimos luz verde de la abuela para entrar y hacer un detallado inventario. Como medida precautoria a causa del ambiente tenso que padecía la familia. Así que entramos primero, no fue tan divertido como había esperado. Había de todo: cierras eléctricas, taladros, desarmadores, martillos, mucha herramienta mecánica; llaves, dados, muchas de ellas todavía nuevas y entre todo el caos: un frasco con dinero. Cuando lo vi pensé en no decir nada y guardarlo para mí, pero le dije a mi hermano Ché-Ché, él me dijo que lo tomara como una indemnización por cualquier mal que pudiera haberme hecho el abuelo. Pero principalmente fue por lo que no hizo. A varios les tocó convivir más con él que a otros y yo estaba entre esos otros que sólo pudimos hacerlo una vez. Ya no recuerdo cuantos años tenía, tal vez unos nueve o diez. Ya teníamos un rato de haber llegado a la casa de la abuela, la comida se terminaba de cocer en la estufa y acababan de mandarnos por las tortillas. Era una joda tener que salir acalorado bajo el rayo del sol y permanecer otro tanto parado también bajo el rayo del sol avanzando lentamente en la cola de las tortillas. Los pericos gritaban frenéticos en el patio. –Teresa! Caca!, Teresa! Caca!, gritaba una y otra vez la más vieja, que era la única que hablaba y sólo eso sabía decir. Dicen que tenía la edad de mi tía Pilar la más joven, no sé cuantos sean pero para mi siempre ha estado ahí, como la Pilinca o la Pachona recostadas sobre las sillas de cuero, la una dócil y mansa y la otra ciega y huraña. Pocas veces andaban afuera porque nos les gustaba mucho que las molestara la Caperuza, una perra callejera que mi tía Echi había adoptado después de verla mendigar por la escuela en dónde trabajaba. Estaba adiestrada, comía de todo y en casa de la abuela eso le valió que se pusiera gorda como una foca; muchas veces comía mejor que nosotros, hasta comía pan dulce, mi abuela decía que era porque tenía alma de niño. Platicaba que era una buena cazadora, oportunista, astuta y mañosa como ella sola. Todos los días terminaban con un saldo mínimo de tres tortas robadas en la Melchor Ocampo. Hasta que mi tía se la llevó porque Don Poli, el conserje había dicho que iba a envenenarla. El abuelo también las quería porque les hacía cariños, a la perra y a las gatas. Creo que fue mi abuelo o mi mamá, o no sé de quién salió pero nos fuimos con él. -Niños, váyanse con su abuelo, órale…y corrimos hasta su coche: El ave sin Nido. Así se llamaba porque eso tenía escrito en el cofre entre el oxido y los restos duros de la pintura carcomida, rajada por el sol y el polvo de los años. Íbamos en la parte de atrás en silencio pero muy a gusto el Morelos y yo. Con cada rebote en los baches el movimiento lanzaba incontables partículas de polvo delatadas ante mis ojos por el sol abrazante de Jojutla. Paramos en una tienda y él se bajo para traernos agua fría y frituras para el viaje. –Vamos hasta Chinameca a buscar una planta que se llama Margarita así como su tía, Margarita de Matón. Sonreímos y seguimos hasta la casa de un tal Ricardo. Ya muy lejos muy adentro entre los cerros pelones, bajo el sol calcinante se detuvo el vocho. El abuelo se bajo a penas diciendo –ahorita nos vamos. Y así fue, no supe que fue lo que le hizo pero arrancó el auto de inmediato y nos fuimos cuando casi iba a anochecer. Esa noche dormimos en el cuarto vecino al horno de pan frente al que cantaban las palomas ese arrullo triste que tanto me gusta.
Ya me había cansado de caminar y me senté frente a un bar a ver pasar a la gente. Cerca un par de chicas de la onda jugaban con un inocente hurón. Lo manoseaban y reían como dos idiotas sofisticadas, seguramente amantes de la naturaleza y de toda criatura viviente. Mientras la pobre bestia luchaba inútilmente por liberarse. Por suerte se fueron rápido y en ese momento me fije en una mujer que llegaba al parecer buscando encontrarse con alguien. Se detuvo un rato nerviosa, estaba casi frente a mi. Se dio cuenta de que la miraba y creo se puso más nerviosa. Hizo una llamada y luego fue a sentarse muy cerca de dónde yo estaba. Pensé en hablarle, en saludarla, no me gustaba o no tanto, pero tenía ganas de platicar con alguien. Imaginé lo patético que podría resultar y vino esa opresión en el pecho como si dios me diera un puñetazo en el corazón impidiéndome hablar y mientras pensaba en todo esto ella se fue a su cita y yo a mi casa.
Me gustaría haberle dicho que yo no esperaba a nadie, igual no habría mucha diferencia pero tal vez podría haber escrito otra cosa. Después volví a mi casa en un viaje tranquilo y sin ninguna novedad. Ahora ya me voy a dormir o al menos eso pretendo, tengo un poco de frío y a veces tiemblo pero lo prefiero al calor asfixiante de las noches de verano. Además estoy recién bañado. Dejaré la tele encendida para que siga escupiendo tonterías, frases sueltas y trozos de diálogos. Odio esos momentos en que nada se me ocurre, me acuesto y pienso en lo qué haré mañana, en esa promesa que parece cierta, eterna. Ahora me gustaría irme a dormir sabiendo que despertare mañana. Según yo he tratado de estar escribiendo mucho o por lo menos un poco cada día. A veces creo que no hay mucho que contar, pero luego me doy cuenta de que sólo hablo conmigo mismo y entonces callo. Me hablan todos, dicen cosas que no dijeron, miles de palabras salen de millones de bocas que jamás las pensaron. Soy una de ellas, oculto entre esa legión, anónimo como ahora.
Enciendo un cigarrillo, preparo el escenario y empiezo a contar. Aquí viene otra vez, hay puro silencio. Me distrae el grillo centinela que cada treinta segundos canta. Creo escucharlo en todas partes. Se ha callado! Espero un momento, dejo la pluma inmóvil, suspendida sobre el papel como el murciélago que disecamos juntos mi hermano y yo hace ya tantos años. Lo encontré abajo del tamarindo arrastrándose torpe y enfermo por entre las hojas secas del patio. Siempre nos mandaban allá. –Niños váyanse abajo del tamarindo- nos decían para no encalabernar a los adultos con nuestros juegos y platicas pues la tele era un privilegio al que yo no tenía derecho como otros en la familia tenían la fortuna de vivir. Así que teníamos que jugar en el patio, abajo del tamarindo para pasar el tiempo, hasta el anochecer.
Ayer salí por la tarde a dar un paseo por el centro de Coyoacán y de paso haber si tomaba alguna foto. Ya de antemano sabía que nada extraordinario iba a pasarme. Había mucha gente caminando de prisa, otros como esperando algo o como yo nada más mirando. Vi varias cosas que me llamaron la atención, como una serie de imágenes perfectamente compuestas por el azar, el tiempo o cualquier otro motivo igual de fantástico. Creo que todavía no estoy acostumbrado a vivir en la ciudad, padezco una leve paranoia que en cierto grado o nivel considero normal, pero no deja de mal viajarme mucho la gente y las innumerables anécdotas relacionadas con el crimen en la ciudad. Así que no está de más un poco de precaución, además me daría mucho coraje que un hijo de puta se llevará mi cámara o mi vida. Que culero morir en manos de un pendejo, -ni modo-, pensé que llegado el momento vería la manera de huir sin hacer nada estúpido o de cooperar tranquilo y sereno aunque mentándoles la madre por dentro. ¿Pelear? No… Yo creo que sería en última instancia.
Pensando en ese tipo de pendejadas pasé de largo varias cosas que me hubiera gustado fotografiar y me enfrente al eterno problema del “hubiera”. Podría haberme regresado en ese momento, a nadie le importaría que le tomara fotos a una puerta o a un moño negro cenizo carcomido por el sol que ya ha olvidado su luto. A nadie le habría importado, pero no lo hice, dos tipos a los cuales les era completamente indiferente venían detrás de mí. Hablaban y reían en una plática que parecía bastante chistosa. Me mal viajaron y no quise volver. Supuse que se vería sospechoso sí me detenía de pronto, pero no había nadie a quién pudiera parecerle sospechoso aquello. Finalmente llegué al centro, ya entre mucha gente no sé porqué me sentí seguro y a salvo. Las probabilidades de ser victima de la delincuencia eran más altas ahí o las mismas, pero ya no quería pensar en eso. Anduve dando de vueltas, en ratos me sentaba pero no veía nada interesante. ¡Pinche gente! –pensé. Hasta ahora sólo he tomado fotos de una ardilla y de varias palomas sin chiste. Pero qué culpa tienen las palomas de que a mí no me gusten. Sólo me gusta su canto. Ese extraño ronroneo suave y triste que no sé como se llama pero siempre lo oía por las mañanas en casa de la abuela. Me despertaba de repente después del que para mi era un largo y penoso viaje. Me gustaba mucho eso de cuando era niño, el olor fresco de la pared de yeso húmedo que siempre estaba escarapelándose, podía estar ahí siempre acurrucado en la orilla, entre la pared y la cama para conciliar el sueño. Era como vivir nada más lo que más me gustaba. Todas las jaulas de las aves estaban hasta al fondo a un lado del viejo horno de pan, así le decían porque cuenta la leyenda que una vez hubo un incendio hace ya mucho tiempo y las llamas de dicho incendio pintaron con humo todo el techo del cuarto y así se quedó, dándole la apariencia de eso, de un horno de pan. Allí era en dónde el abuelo guardaba celosamente un universo de fierros viejos y herramientas de todo tiempo. Un territorio inexpugnable para cualquiera de nosotros. A veces imaginábamos que estaba lleno de tesoros e ideábamos posibles y temerarios planes para entrar a hurgar en las cosas del abuelo. Cuando él murió. Mi hermano y yo tuvimos luz verde de la abuela para entrar y hacer un detallado inventario. Como medida precautoria a causa del ambiente tenso que padecía la familia. Así que entramos primero, no fue tan divertido como había esperado. Había de todo: cierras eléctricas, taladros, desarmadores, martillos, mucha herramienta mecánica; llaves, dados, muchas de ellas todavía nuevas y entre todo el caos: un frasco con dinero. Cuando lo vi pensé en no decir nada y guardarlo para mí, pero le dije a mi hermano Ché-Ché, él me dijo que lo tomara como una indemnización por cualquier mal que pudiera haberme hecho el abuelo. Pero principalmente fue por lo que no hizo. A varios les tocó convivir más con él que a otros y yo estaba entre esos otros que sólo pudimos hacerlo una vez. Ya no recuerdo cuantos años tenía, tal vez unos nueve o diez. Ya teníamos un rato de haber llegado a la casa de la abuela, la comida se terminaba de cocer en la estufa y acababan de mandarnos por las tortillas. Era una joda tener que salir acalorado bajo el rayo del sol y permanecer otro tanto parado también bajo el rayo del sol avanzando lentamente en la cola de las tortillas. Los pericos gritaban frenéticos en el patio. –Teresa! Caca!, Teresa! Caca!, gritaba una y otra vez la más vieja, que era la única que hablaba y sólo eso sabía decir. Dicen que tenía la edad de mi tía Pilar la más joven, no sé cuantos sean pero para mi siempre ha estado ahí, como la Pilinca o la Pachona recostadas sobre las sillas de cuero, la una dócil y mansa y la otra ciega y huraña. Pocas veces andaban afuera porque nos les gustaba mucho que las molestara la Caperuza, una perra callejera que mi tía Echi había adoptado después de verla mendigar por la escuela en dónde trabajaba. Estaba adiestrada, comía de todo y en casa de la abuela eso le valió que se pusiera gorda como una foca; muchas veces comía mejor que nosotros, hasta comía pan dulce, mi abuela decía que era porque tenía alma de niño. Platicaba que era una buena cazadora, oportunista, astuta y mañosa como ella sola. Todos los días terminaban con un saldo mínimo de tres tortas robadas en la Melchor Ocampo. Hasta que mi tía se la llevó porque Don Poli, el conserje había dicho que iba a envenenarla. El abuelo también las quería porque les hacía cariños, a la perra y a las gatas. Creo que fue mi abuelo o mi mamá, o no sé de quién salió pero nos fuimos con él. -Niños, váyanse con su abuelo, órale…y corrimos hasta su coche: El ave sin Nido. Así se llamaba porque eso tenía escrito en el cofre entre el oxido y los restos duros de la pintura carcomida, rajada por el sol y el polvo de los años. Íbamos en la parte de atrás en silencio pero muy a gusto el Morelos y yo. Con cada rebote en los baches el movimiento lanzaba incontables partículas de polvo delatadas ante mis ojos por el sol abrazante de Jojutla. Paramos en una tienda y él se bajo para traernos agua fría y frituras para el viaje. –Vamos hasta Chinameca a buscar una planta que se llama Margarita así como su tía, Margarita de Matón. Sonreímos y seguimos hasta la casa de un tal Ricardo. Ya muy lejos muy adentro entre los cerros pelones, bajo el sol calcinante se detuvo el vocho. El abuelo se bajo a penas diciendo –ahorita nos vamos. Y así fue, no supe que fue lo que le hizo pero arrancó el auto de inmediato y nos fuimos cuando casi iba a anochecer. Esa noche dormimos en el cuarto vecino al horno de pan frente al que cantaban las palomas ese arrullo triste que tanto me gusta.
Ya me había cansado de caminar y me senté frente a un bar a ver pasar a la gente. Cerca un par de chicas de la onda jugaban con un inocente hurón. Lo manoseaban y reían como dos idiotas sofisticadas, seguramente amantes de la naturaleza y de toda criatura viviente. Mientras la pobre bestia luchaba inútilmente por liberarse. Por suerte se fueron rápido y en ese momento me fije en una mujer que llegaba al parecer buscando encontrarse con alguien. Se detuvo un rato nerviosa, estaba casi frente a mi. Se dio cuenta de que la miraba y creo se puso más nerviosa. Hizo una llamada y luego fue a sentarse muy cerca de dónde yo estaba. Pensé en hablarle, en saludarla, no me gustaba o no tanto, pero tenía ganas de platicar con alguien. Imaginé lo patético que podría resultar y vino esa opresión en el pecho como si dios me diera un puñetazo en el corazón impidiéndome hablar y mientras pensaba en todo esto ella se fue a su cita y yo a mi casa.
Me gustaría haberle dicho que yo no esperaba a nadie, igual no habría mucha diferencia pero tal vez podría haber escrito otra cosa. Después volví a mi casa en un viaje tranquilo y sin ninguna novedad. Ahora ya me voy a dormir o al menos eso pretendo, tengo un poco de frío y a veces tiemblo pero lo prefiero al calor asfixiante de las noches de verano. Además estoy recién bañado. Dejaré la tele encendida para que siga escupiendo tonterías, frases sueltas y trozos de diálogos. Odio esos momentos en que nada se me ocurre, me acuesto y pienso en lo qué haré mañana, en esa promesa que parece cierta, eterna. Ahora me gustaría irme a dormir sabiendo que despertare mañana. Según yo he tratado de estar escribiendo mucho o por lo menos un poco cada día. A veces creo que no hay mucho que contar, pero luego me doy cuenta de que sólo hablo conmigo mismo y entonces callo. Me hablan todos, dicen cosas que no dijeron, miles de palabras salen de millones de bocas que jamás las pensaron. Soy una de ellas, oculto entre esa legión, anónimo como ahora.
Enciendo un cigarrillo, preparo el escenario y empiezo a contar. Aquí viene otra vez, hay puro silencio. Me distrae el grillo centinela que cada treinta segundos canta. Creo escucharlo en todas partes. Se ha callado! Espero un momento, dejo la pluma inmóvil, suspendida sobre el papel como el murciélago que disecamos juntos mi hermano y yo hace ya tantos años. Lo encontré abajo del tamarindo arrastrándose torpe y enfermo por entre las hojas secas del patio. Siempre nos mandaban allá. –Niños váyanse abajo del tamarindo- nos decían para no encalabernar a los adultos con nuestros juegos y platicas pues la tele era un privilegio al que yo no tenía derecho como otros en la familia tenían la fortuna de vivir. Así que teníamos que jugar en el patio, abajo del tamarindo para pasar el tiempo, hasta el anochecer.
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