Ayer me pasó de nuevo. La primera vez recuerdo que estaba en el cuarto de una tía. Se trataba de una de esas tías guapas y jóvenes que algunos tuvimos la fortuna de tener en la adolescencia. En aquel tiempo todavía no se había casado y cuando podía le encantaba jugar con sus sobrinos, en espacial con los más pequeños, lo cual me causaba cierta envidia pues en algún momento, no sé bien cuando, crecí y al hacerlo dejé de gozar de ciertos privilegios como el de compartir su cama cuando nos quedábamos a dormir en casa de la abuela.
A nosotros los grandes, nos mandaban a dormir todos juntos en un cuarto en donde podíamos platicar y ver películas hasta la madrugada. Durante aquellos días, por alguna razón que ahora no recuerdo, a veces estaba solo y entonces aprovechaba el silencio para escurrirme hasta su cuarto.
Caminaba seguro rodeando su cama, viendo sus fotos, esculcando en sus cajones teniendo cuidado de dejar todo siempre como lo había encontrado. Luego buscaba el bote de plástico en donde guardaba su ropa sucia. Lo abría y excitado empezaba a sacar todo separando su ropa interior. La que tuviera el olor más fuerte o la mancha de flujo más resiente era la elegida. Iba oliéndolas todas, hasta encontrar la que tuviera la fragancia más exquisita. Luego me la llevaba a la nariz y con cuidado, la tocaba un poco con la punta de la lengua tratando de no humedecerla demasiado.
Después del orgasmo siempre me sentía culpable y aunque me aterraba la idea de ser descubierto, no podía evitarlo. Con el tiempo me fui volviendo cada vez más sensible; aprendí a diferenciar y a disfrutar de todos los matices e intensidades que tenía su esencia. Incluso pude predecir con exactitud su periodo o sí había tenido relaciones sexuales. Con los años fue cada vez más difícil escabullirme hasta su habitación, hasta que no puede hacerlo más.
Se me había vuelto un hábito aquello, una adicción, un vicio que necesitaba saciar. Muchas veces, mientras hablaba o estaba cerca de alguna mujer, atendía su plática con fingido interés porque en realidad yo sólo pensaba en el olor que podrían tener sus bragas. Algunas comprendieron en la intimidad mi gusto y muchas veces usaron gustosas la misma prenda durante varios días sólo para complacerme. Durante algún tiempo eso fue suficiente pero siempre tuve la impresión de que algo faltaba. Se había vuelto demasiado fácil, incluso monótono y aburrido. Necesitaba la emoción de robar para sentirme vivo.
Cuando empecé a trabajar, nunca imaginé que mi trabajo pudiera darme lo que buscaba. Uno de mis primeros trabajos fue en casa de una mujer dueña de un restaurante. Teníamos varios pendientes en el tercer piso, en la habitación de la hija y en al contigua que sería convertida en un estudio. Mi compañero arreglaba unos contactos en el nuevo estudio, mientras yo instalaba una nueva lámpara en la recámara de la hija. Al trabajar miraba todo a mi alrededor, los posters de ídolos juveniles, los adornos todavía infantiles que me decían que se trataba de una adolescente de entre doce y quince años. El cuarto estaba exageradamente ordenado, había algunas fotos escolares y una piel de oveja en el suelo que me gustó mucho, pero por ningún lado vi ropa sucia o amontonada a la vista. Todo estaba tan limpio y organizado como si se tratara de una recámara de exhibición en una tienda de muebles.
-Und? Bist du fertig?- me gritó mi colega. Yo empezaba a recoger la herramienta, al tiempo que examinaba con la mirada todos los rincones de la habitación, tratando de imaginarme en dónde podría esconder aquella jovencita su ropa sucia. Empecé a llevar la herramienta a la otra habitación pero no toda para poder justificar después mi regreso y asegurar la libertad de una de mis manos. En un desesperado impulso me atreví a abrir el closet pero tampoco encontré nada. Todo estaba perfectamente doblado y acomodado. Cerré delicadamente la puerta y en se momento miré hacía un rincón que todavía no había descubierto. Justo en esa esquina había una canasta muy bonita hecha de mimbre. Tenía una tapa adornada con flores de colores hechas de fieltro y con estambre decía en letras manuscritas: Clarissa.
Me puse nervioso y como en los años en que solía hurgar en la ropa de mi tía, sentí mi pulso acelerarse como en aquel entonces. Tenía años de no sentir una emoción así. Sin darme cuenta dejé de respirar y se me olvidó que podía ser descubierto. Levanté la tapa y sí; era su ropa. Había un par de calcetas enroscadas, una playerita azul cielo, un pantalón negro y una sudadera con muchas imágenes de Hello Kitty, pero no estaba a la vista lo que buscaba. Sabía que no podía tardarme demasiado, ni tampoco ignorar que no estaba solo. Saqué un pantalón más y me decepcionó no encontrar nada más en el fondo.
-Also! Ich bin so weit- dijo en voz alta mi compañero para avisarme que era tiempo de marcharnos. Debía dejar cuanto antes lo que estaba haciendo. Al oírlo, nervioso empecé a meter todo en el cesto como lo fui encontrando y al levantar una de las últimas prendas. Ésta se desenrolló lentamente y al final, como si fuera un copo de nieve, descendió delicadamente mi preciado premio. Lo dejé por unos segundos descansar en el suelo para poder olerlo sin contaminarlo con el sudor de mis manos. Me incliné y hundí mi nariz en él e inhalé tan despacio y profundo como el momento me lo permitió. Abrí los ojos y rápido lo guardé en una bolsita plástica de cierre hermético que siempre llevo conmigo y abandoné de la habitación.
Trabajamos un par de horas más esa tarde, cuando terminamos el trabajo nos despedimos de la dueña y regresamos a la oficina. En el camino mi compañero venía contándome algo sobre un trabajo en donde no habíamos estado juntos, oía todo lo que me decía pero no lo escuchaba, sólo asentía con la cabeza y me reía un poco cuando hacía falta. De vez en cuando, hacía alguna pregunta sólo para que siguiera hablando y yo pudiera seguir pensando en las ganas que tenía de estar solo, de llegar a casa y meterme al baño un rato con lo que me había robado.
Gracias a mi trabajo he podido entrar a todo tipo de lugares: fábricas, bancos, oficinas, farmacias, hospitales, pero lo mejor de todo han sido sin duda alguna; las casas particulares. Me gusta mucho ver como vive la gente, las fotos que tienen en las paredes, mirar sus adornos, los recuerdos de sus viajes, ver sí está limpio o desordenado. Pero lo que más valoro, es tener el privilegio de entrar a lugares tan poco accesibles para los extraños, como lo son la recámara, el baño o el sótano. Estos últimos por lo general suelen ser lugares horribles, oscuros, húmedos y fríos como una cripta, con escaleras empinadas de peldaños altos y cortos. La mayoría están llenos de cosas que nadie jamás volverá a usar, pero a la gente le gusta pensar que en cualquier momento pudieran necesitar alguna de éstas cosas, pero no es verdad. Con los años terminan por desaparecer bajo el polvo u ocultos entre otros objetos igual de importantes. En estos lugares pueden encontrarse: herramientas, muebles viejos, bebidas, mermeladas, conservas, vinos y algunos alimentos. Los hay también ordenados, limpios y bien iluminados. A veces pueden ser verdaderas salas de esparcimiento lujosamente acondicionadas. Pero por lo general, son sólo el lugar ideal para instalar la lavadora y la secadora y no hay nada interesante en ellos, salvo en contadas ocasiones, como la de ayer.
Ayer estuvimos de nuevo en Bondorf en casa de esa mujer con la que durante semanas he estado obsesionado. Nunca había visto una mujer así, simplemente no podía dejar de verla. Era perfecta. Tenía unas nalgas espléndidas, unos senos redondos y una cintura estrecha como delineada por un Corset. En su rostro había una belleza que aunque quisiera no podía dejar de admirar.
Teníamos que terminar por fin un trabajo que nos había llevado ya muchos días allí. Heute macht ihr so lang bis es fertig ist. Das muss heute fertig werden. Ist das Klar? Nos dijo el Jefe amenazante por la mañana. Esta vez no podía haber ninguna razón más para regresar, al menos no en nombre de la empresa.
Llegamos a las ocho en punto de la mañana. Era nuestro último día y no nos iríamos hasta terminar. Pero a mi sólo me emocionaba volver a verla, quería encontrarme una vez más con sus ojos azules, con aquella sonrisa cándida y sincera con la que siempre nos había recibido, quería ver por última vez aquellas nalgas magníficas que tanto me gustaban.
Durante los días que duró el trabajo, estuvimos en el sótano, en el baño y en el Wintergarten. Había que instalar una nueva calefacción, varias lámparas exóticas y caras y terminar una complicada instalación abajo en el cuarto de maquinas.
El primer día tuve que trabajar en el baño, así que pude estar solo casi todo el tiempo. Como hacía frío, ella nos sirvió té y un par de rebanadas de pastel, que según dijo, había horneado el día anterior. Dejó la charola cerca de donde yo estaba y se marchó sonriéndome con la misma amabilidad con la que siguió haciéndolo mientras estuvimos ahí. Esa mañana, lo primero que vi en el baño fueron los cestos de la ropa sucia, clasificados por color y etiquetados según los grados a lavar. Normalmente nunca tengo tanta suerte como aquel día. Así que conciente de mi buena fortuna, acomodé la herramienta cerca de donde estaban las canastas. Como estaba de espaldas a la puerta, ordené todo estratégicamente para simular en caso de que alguien entrara, que justo en aquel momento buscaba algo necesario para seguir trabajando. Adelanté el trabajo todo lo que pude y seguro de mi soledad y de la comodidad que me brindaba el silencio, me puse los guantes de látex con los que tenía que instalar aquellas delicadas lámparas y tranquilamente empecé a hurgar entre la ropa. Tomé cuidadosamente cada una de las bragas que fui encontrando para poder olfatearlas después a placer y escoger como quien cata un buen vino, la que tuviera el mejor buqué.
Hacía mucho que no me emocionaba así. Al cerrar los ojos mis fosas nasales se expandieron e inhalé tan hondo y lento como pude para poder llenar mis pulmones de aquella exquisita esencia. Se trataba de algo completamente nuevo. La sutileza de aquel aroma superaba en mucho a la de mis antiguos trofeos. Lo cual atribuí al cambio hormonal que seguro debe experimentar una mujer después del parto, pues tenía una bebé de apenas unas cuantas semanas. Finalmente tomé la que tenía el olor más fino, saqué mi bolsa de plástico especial para estos casos, guardé mi premio y contento seguí trabajando.
Después de mi primer día ahí y de mi afortunado hallazgo, me las arreglé para ser siempre yo quien volviera a ésa casa durante los días que duró el trabajo. Puse toda mi habilidad e ingenio en idear los pretextos necesarios para regresar, y por alguna u otra razón, siempre estuve de vuelta, a veces solo, otras acompañado, pero siempre contento de volver.
Era puro morbo lo mío. No podía ser otra cosa porque el enamoramiento viene de muy adentro, de la convivencia, de las caricias y a mi nada de eso me importaba. Durante esos días en que subí y bajé decenas de veces del baño al sótano, tuve la oportunidad de revisar cada uno de los cestos con calma y siempre llevarme algo. En algún momento llegué a pensar que ella lo hacía a propósito. Era como si de alguna manera estuviera deseando que yo encontrara aquellas prendas. Que se trataba de una táctica suya para seducirme, para incitarme, para provocarme. La mayoría de la gente tiene esos cestos en sus cuartos o bien ocultos en el baño. Pero en esa casa siempre estuvieron ahí, al alcance de mi morbosa y ágil mano.
Muchas noches pensé que el aroma de las bragas de esa mujer terminaría por volverme loco. La ansiedad y desesperación que después de ese día sufrí, eran insoportables y me enfurecía más aún que a pesar de mis exagerados cuidados mis preciados trofeos rápido perdían su aroma. Había pensado ya en volver una vez más sólo para meter mi nariz impunemente entre sus piernas, quería comprobar si era posible cansarse de ese aroma. Lo tenía todo planeado; tenía el motivo para entrar, cómo lograr que no me delatara, que ni siquiera me reconociera. Me había pasado noches enteras fingiendo que dormía, mientras elaboraba complicados planes en caso de que todo saliera mal. Incluso llegué a pensar, que si fuera necesario, tendría que matarlas; a ella y a la niña y hasta había ideado un plan extra para deshacerme de los cuerpos. Podría decirse que había pensado en todo, que mi plan era perfecto y estaba decidido a llevarlo a cabo.
Tocamos a la puerta, pero esta vez no nos recibió la sonrisa cándida, ni los ojos azules de mi Sílfide sin nombre. En su lugar apareció un hombrecillo regordete y barbado, cuyos ojos también azulados carecían por completo de la viveza de los de la que entonces comprendí; era su mujer. Einen schönen Guten Morgen, miteinander. Kommen Sie bitte rein. Es ist kalt draußen. Nos dijo con una sonrisa mientras empuñaba una taza de café y remolía con la boca abierta un Bretzel. Entramos pero por ningún lado había señal ni de la mujer, ni de la niña. Su ausencia me desmoralizó un poco ya que su constante deambular por la casa me hacía la jornada más amena. Cuando venía hacía nosotros para ofrecernos agua o café, no perdía nunca la oportunidad de contemplar el contoneo lento y elegante de aquellas nalgas majestuosas, me encantaba ver cómo se ajustaba la tela entre sus piernas, cómo se contraían y estiraban las costuras de su ajustada ropa, cómo se movían lentamente sus glúteos uno después del otro al caminar, o al subir y bajar las escaleras. Al contemplarla no dejaba de imaginarme la tibieza de su entrepierna y cuan intenso debería ser su olor.
Bajamos al sótano, acomodamos la herramienta y empezamos a trabajar pero algo estaba diferente. Todo lucia limpio y ordenado, cubierto por sábanas y plásticos. Era obvio que él había puesto todo en orden, que se había tomado el día libre para complicármelo todo. Nos pusimos a trabajar y esta vez el tiempo transcurrió más lento. Estaba de mal humor y a decir verdad, molesto por la presencia de aquel hombre. El hombrecillo ése bajó en repetidas ocasiones para observarnos, para platicar y opinar sobre el trabajo que estábamos haciendo, para hacer algún comentario sobre el tiempo que ya nos había llevado terminarlo y cuan contento estaba de que por fin estuviéramos por terminar.
Ahora que estoy más tranquilo y que hasta me he reído un poco de lo ocurrido, tengo que admitir que no parecía una mala persona, nos ofreció café, agua y chocolates con la misma candidez con la que lo había hecho su esposa y luego sin siquiera notarlo, desaparecía sin hacer ningún ruido dejándonos trabajar en paz.
En todo el día no pude estar solo para realizar mi última búsqueda. Tampoco volvimos a estar en ninguna otra parte de la casa que no fuera el sótano. Pero ya al final, cuando ya todo parecía perdido, el carácter alegre de mi compañero me dio la oportunidad que tanto estaba esperando.
Empezábamos a recoger la herramienta y a llevar poco a poco todas nuestras cosas de nuevo al coche para marcharnos y cuando yo empezaba a medir el cable y a contar y a escribir la relación del material utilizado. Mi colega se vio inmerso en una acalorada charla con aquél hombrecillo gracias a su mutua afición hacía la pesca. De un momento a otro desaparecieron por varios minutos dejándome oír sólo sus voces para saber que tan cerca estaban y sin dudarlo me aproveché de esto. Era mi oportunidad. Tenía que apoderarme a como diera lugar de otra prenda, de la última, sería la última y el sólo pensarlo me hacía sentir el corazón golpeándome el pecho violentamente por dentro.
Tenía que conseguir una más o volver como lo había planeado y tomar una fresca. Ya no tenía ningún motivo para subir al baño, así que mi única esperanza era encontrar algo en el sótano. Algunas personas suelen ponen la ropa sucia también en la lavadora hasta llenarla y una conducta así podría explicar la desaparición de los cestos en el baño. Abrí la lavadora pero esta estaba vacía, luego di varias vueltas buscando los cestos que al no estar más en el baño tendrían que estar ahí abajo o en la recámara lo cual me quitaba cualquier posibilidad de triunfo. Estaba nervioso y a cada segundo me sentía más angustiado pues en cualquier momento aquella banal charla podía terminarse y con ella mi última oportunidad. Hurgué rápido debajo de algunas sábanas y levanté unos cuantos plásticos sin éxito. Ya casi me había dado por vencido cuando salí de la habitación en donde comencé a buscar y justo debajo de la escalera estaban todos juntos. Apilados uno sobre el otro los canastos multicolores que ya tan bien conocía. Entonces las voces se oyeron más cerca. Como maldición, la iluminación en aquel rincón era mínima, mis lentes estaban sucios y llenos de polvo. No podía distinguir con claridad las prendas y ya sentía las voces sobre la espalda, no tenía más tiempo, así que metí la mano tan rápido como pude y confié en mi tacto. Tomé algo y sin poderlo mirar lo guardé en la bolsa derecha de mi pantalón. Inmediatamente después, al tiempo que ambos se acercaban, fingí con aparente tranquilidad que justo en aquel instante terminaba de contar y medir los últimos metros de cable que me faltaban. El Aufmaß ya lo había hecho desde hace mucho y lo del día ya lo había apuntado en la mañana. Así que luego de un rato más de oír sobre pesca y otras cosas que tampoco me importaban, nos despedimos y el viaje de vuelta ocurrió sin ningún contratiempo.
Al llegar a la oficina nos reportamos con el Jefe para informarle que por fin habíamos terminado tal y como él lo había ordenado. Acomodamos el material restante, tiré la basura, escribimos en silencio nuestro reporte y sin más trámites nos despedimos. Finalmente ya en casa, saludé cariñosamente a mi esposa, jugué un rato con mis hijos, luego, como de costumbre tomé el periódico y como de costumbre me encerré en el baño con la emoción secreta de un adolescente que ha cogido por primera vez con su novia. Me sudaban las manos cuando descubrí que aquellas bragas que durante días me habían hecho alucinar, no se parecían en nada a la trusa amarillenta que en aquel momento sostenía incrédulo entre las manos, sin embargo, el olor era muchísimo más fuerte, casi narcotizante, exactamente como tanto lo había deseado. Me dejé un buen rato la trusa sobre la cara y me entregué al onanismo. Instantes después de eyacular, comprendí que a él le gustaba usar la ropa de ella y a mi me había encantado el olor de él.