Cuando Doña Viky y su hija prendieron la tele, el gato inmediatamente saltó sobre sus piernas para acomodarse. Eran casi las nueve y estaba por comenzar su programa. Sesenta minutos durante los cuales madre e hija, se olvidaban por un rato de todo, hasta de los hijos. Éste era el único momento del día en que podía encontrárseles, a ambas, verdaderamente irritables si se les molestaba. Eran adictas a un noticiero amarillista que cubría básicamente la nota roja del país y lo que lo hacía más atractivo, era que las principales estrellas del show eran desconocidos en desgracia, personas generalmente de otros estados, lo cual hacía parecer muy lejanos los accidentes, crímenes y violaciones que reportaban matizados con una retahíla de chismes del mundo de la farándula.
Varios minutos después de haberse acomodado en el sillón, ellas y el gato; uno de los hijos de Doña Viky entró al cuarto con el teléfono apretado entre las manos. “Es para ti amá” susurró el joven tapando con la palma de la mano la bocina inferior del auricular, acercándoselo a su madre. “Mmmm me lleva la chingada, ¡ya te dije que ahorita no estoy para nadie!” profirió Doña Viky. Ante la negativa y después de mantener tapada la bocina para que nadie escuchara, se llevó de nuevo el auricular a la oreja y con voz apacible dijo: “No Tía, se está bañando, ¿quiere que le diga algo?” Al escuchar que se trataba de su hermana, Doña Viky pidió el teléfono estirando sólo el brazo sin dejar de mirarlo. Al alcanzarlo, se lo arrebató de golpe murmurando algo que nadie escuchó, luego se recostó apoyando el codo sobre el brazo del sillón y dijo: “Siiii” alargando melosamente el sonido de la última letra. Parecía tratar de poner toda su atención en las dos acciones. Cuando terminó el comercial le dijeron algo que la sorprendió porque la hizo abrir más los ojos. “Hijo de la chingada mana…” dijo frunciendo el ceño mientras seguía escuchando. “¿En Huixastla?” preguntó y arrugó la nariz. Hizo una pausa y separó los labios como si estuviera por decir algo, pero no dijo nada y siguió atendiendo lo que le decían al otro lado de la línea. “¡Que horror hermana!… Si… Gracias, igualmente… Buenas noches…. Si… Bye hermana”.
Al colgar, la hija disimuladamente bajó un poco el volumen de la televisión y preguntó con fingido desden qué había pasado. “¿Te acuerdas de Don Lencho, el tortillero? El hombre que apenas secuestraron, un gordo, feo él. “Ah! Si, ¿qué le pasó?” profirió curiosa la hija. “Pues que ya apareció, lo encontraron tirado en una barranca allá por Huixastla ¿tú crees? Le despedazaron la cabeza con una piedra y todavía le dieron el tiro de gracia. Dicen, que ya empezaban a comérselo los animales del cerro cuando lo encontraron, porque le faltaba un pedazo de pierna. Y ahorita ya está tendido allá en su pueblo, por Huautla de donde era. A ver, y no era rico, ni nada; nomás tenía deudas, dicen.” Concluyó la madre mientras volvía a subir el volumen a la televisión.
“A lo mejor ahorita va a salir aquí” espetó la hija señalando la pantalla y llevándose a la boca un puñado de palomitas. “En unos momentos… ¡EN MORELOS!” dijo una voz en tono espectacular al volver de un comercial. “Encuentran cadáver putrefacto en barranca de Jojutla” resaltó la voz y continuó enunciando las primicias. Al oírlo las dos mujeres se miraron ansiosas y esperaron pacientes el reportaje. “Órale jefa, ahorita lo van a pasar” dijo la hija emocionada mientras el gato las miraba indiferente, meneando la cola, echado en una extraña postura con las patas abiertas, y la cabeza chueca. “¡Ay! amá mira” dijo la hija en tono dulzón señalando al gato. “Parece como de “Alarma” ¿verdad?..., ¡Trenazo!” exclamó ésta riéndose y dibujó con su mano el encabezado sobre el gato.
Varios minutos después de haberse acomodado en el sillón, ellas y el gato; uno de los hijos de Doña Viky entró al cuarto con el teléfono apretado entre las manos. “Es para ti amá” susurró el joven tapando con la palma de la mano la bocina inferior del auricular, acercándoselo a su madre. “Mmmm me lleva la chingada, ¡ya te dije que ahorita no estoy para nadie!” profirió Doña Viky. Ante la negativa y después de mantener tapada la bocina para que nadie escuchara, se llevó de nuevo el auricular a la oreja y con voz apacible dijo: “No Tía, se está bañando, ¿quiere que le diga algo?” Al escuchar que se trataba de su hermana, Doña Viky pidió el teléfono estirando sólo el brazo sin dejar de mirarlo. Al alcanzarlo, se lo arrebató de golpe murmurando algo que nadie escuchó, luego se recostó apoyando el codo sobre el brazo del sillón y dijo: “Siiii” alargando melosamente el sonido de la última letra. Parecía tratar de poner toda su atención en las dos acciones. Cuando terminó el comercial le dijeron algo que la sorprendió porque la hizo abrir más los ojos. “Hijo de la chingada mana…” dijo frunciendo el ceño mientras seguía escuchando. “¿En Huixastla?” preguntó y arrugó la nariz. Hizo una pausa y separó los labios como si estuviera por decir algo, pero no dijo nada y siguió atendiendo lo que le decían al otro lado de la línea. “¡Que horror hermana!… Si… Gracias, igualmente… Buenas noches…. Si… Bye hermana”.
Al colgar, la hija disimuladamente bajó un poco el volumen de la televisión y preguntó con fingido desden qué había pasado. “¿Te acuerdas de Don Lencho, el tortillero? El hombre que apenas secuestraron, un gordo, feo él. “Ah! Si, ¿qué le pasó?” profirió curiosa la hija. “Pues que ya apareció, lo encontraron tirado en una barranca allá por Huixastla ¿tú crees? Le despedazaron la cabeza con una piedra y todavía le dieron el tiro de gracia. Dicen, que ya empezaban a comérselo los animales del cerro cuando lo encontraron, porque le faltaba un pedazo de pierna. Y ahorita ya está tendido allá en su pueblo, por Huautla de donde era. A ver, y no era rico, ni nada; nomás tenía deudas, dicen.” Concluyó la madre mientras volvía a subir el volumen a la televisión.
“A lo mejor ahorita va a salir aquí” espetó la hija señalando la pantalla y llevándose a la boca un puñado de palomitas. “En unos momentos… ¡EN MORELOS!” dijo una voz en tono espectacular al volver de un comercial. “Encuentran cadáver putrefacto en barranca de Jojutla” resaltó la voz y continuó enunciando las primicias. Al oírlo las dos mujeres se miraron ansiosas y esperaron pacientes el reportaje. “Órale jefa, ahorita lo van a pasar” dijo la hija emocionada mientras el gato las miraba indiferente, meneando la cola, echado en una extraña postura con las patas abiertas, y la cabeza chueca. “¡Ay! amá mira” dijo la hija en tono dulzón señalando al gato. “Parece como de “Alarma” ¿verdad?..., ¡Trenazo!” exclamó ésta riéndose y dibujó con su mano el encabezado sobre el gato.


